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viernes, 9 de enero de 2009

Chilli's apesta

No hay nada más desagradable que pasar a diario por una calle sucia. Una calle que despide un olor acre y penetrante, en donde la banqueta siempre está mojada con un líquido aceitoso, y ocasionalmente decorada con pedazos de lechuga. Sin embargo lo más asqueroso de la caminata no es el aroma a podrido, sino saber que éste proviene de un lugar en donde sirven comida.

No importa cúan abundantes sean sus platillos de papas a la francesa, yo recomendría ampliamente nunca comer en Chili’s. Si a los encargados de la limpieza no les molesta abandonar basura y aceite usado afuera de su cocina, ¿Qué tan higiénico puede ser el interior de la misma? Y si alguién piensa que exagero, los invito a darse una vuelta por la calle de Asturias, puerta trasera del Chili’s Manacar, a cualquier hora del día.

La imagen de un restaurante no depende de la cantidad de espectaculares con los que inunda la ciudad, sino de la percepción del comensal sobre la calidad de comida y servicio que éste ofrece. Cuando pasó por una buena panadería, el olor a cuernitos con mantequilla me provoca unas ganas increíbles de comerme uno; cuando pasó por Chili’s, el olor a grasa vieja me provoca naúseas.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Redondeada a fuerzas

Hoy fuimos a la Comercial Mexicana a comprar bolillos y aguacate para el pollo rostizado. Llevábamos prisa por eso de que el pollo ya había llegado a la oficina y a veces son bien manchados y se aprovechan de que no están todos. Aunque ni es cierto, porque cuando parece que la repartición va a ser bien injusta y uno se apresura por comer más rápido, siempre acaba sobrando comida y se queda ahí en el refri hasta que a alguién le da asco y la tira a la basura. Como le pasó a los toppers de florecitas, que eran de una chava que ya ni trabaja aquí, que por que se embarazó o consiguió un mejor trabajo, creo.

El caso es que estábamos en la Comer y la cola era larguísima y teníamos un montón de hambre y de ansías, y la fila nomás no avanzaba. Cuando por fin llegamos a la caja, la señorita nos dió el precio y Claudia lo pagó, y ya hubiera estado si no fuera por que el número estaba raro. – Su total es de 104 pesos con un centavo, ¿Desea redondear? – Y antes de que pudieramos hacer las cuentas Clau dice – Si, lo que sea – suelta el billete, agarra la bolsa y avanza como si nada.

¿Un centavo? ¿Cómo le íbamos a pagar un centavo? Y qué, como no podemos pagarle en una denominación inexistente nos va a cobrar el 99 por ciento del monto que se supone que le debemos. Ya se que un peso no es mucho, y que va para los niños lisiados, o para las computadoras en las escuelas, o para los paciente con cáncer, pero ¿Qué no es ilegal que sus precios sean impagables? Y si voy a regalarle a alguién parte de mi sueldo, no va a ser a la Comer, aunque hayan quebrado con lo del dólar. Ah, pero eso si, por ahí del seis o siete de diciembre va a salir en la tele Lucerito chillando que porqué el dichoso super donó no se cuántos millones de pesos. Y mientras ellos deducen sus actos de caridad, yo sigó cazando facturas para que Maricarmen me descuente menos de la nomina.

jueves, 21 de agosto de 2008

Adbusters, (o el pollo que no es pollo)



Cometí el error de leer Fast Food Nation de Eric Shlosser (el libro que inspiró el documental de Super Engórdame), y ahora estoy pagando las consecuencias; una de ellas es que la sola mención de una hamburguesa de McDonalds me provoca naúseas; y la otra es que desarrollé una profunda indignación por la corrupción sistemática de las mega corporaciones estadounidenses.

Estoy consciente de que mi indignación no es nada original, sin embargo pensé que era necesario advertir que estoy pasando por lo que mi mamá llama una etapa de feminazi ultraliberal, para explicar por que me llamó tanto la atención el portal de Adbusters, y en especial la Anticorporacón Blackspot.

Mi experiencia frente a la campaña de los zapatos Blackspot fue la siguiente: Los zapatos me gustaron, el diseño tiene onda y parecen ser una alternativa razonable. Luego vi el precio y mi empatía por la anticorporación se fue al diablo; cada par de tenis de lona cuesta noventa dólares canadienses. Estaba a punto de salirme de la página al grito de malditas ratas, cuando leí la misión de la compañía en donde expresan francamente que sí, sí se trata de una corporación con fines de lucro que va a utilizar sus excedentes para hacer campañas de publicidad que resulten en más presencia para su producto y para su causa.

¿Por qué esperaba que unos zapatos producidos de forma que no dañan nuestro entorno fueran más baratos? Y ¿Qué tiene de malo que Blackspot busque vender y ganar de su producto? El hecho es que el consumir productos orgánicos y ecológicos no es solamente una cuestión de conciencia, sino de lujo. En Vancouver hay un supermercado que se llama Whole Foods en el que sólo se venden productos locales, orgánicos y environmentally friendly; comprar ahí sería genial, de no ser por que todo cuesta el doble que en el Wal-Mart de enfrente.

Paradójicamente nuestras convicciones antimercantilistas son susceptibles de ser utilizadas como sales pitch para asegurar una compra. El hecho de que un zapato sea producido de forma ecológica y justa no debería ser una excepción, sino la norma. Es absurdo que existan mercados especializados en los que te aseguren que el pollo que estas comprando es en verdad pollo. ¡Todo el pollo debería ser pollo! Como consumidores deberíamos exigir que todas las corporaciones tuvieran estándares mínimos de higiene y de legalidad, para que funcionaran de la misma manera que Blackspot dice funcionar.